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Federico Andahazi

Argentina con pecado concebida

ARGENTINA CON PECADO CONCEBIDA

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DE MÁRMOL SOMOS

En Pecar como Dios manda sostenía que no puede comprenderse la esencia de una nación si se desconoce la historia de su sexualidad. En el presente volumen, en el que se examina la Historia argentina a través de la vida íntima de sus personajes más emblemáticos, tal postulado no solamente se ve confirmado, sino que se percibe aún con mayor claridad. Podría afirmarse, sin lugar dudas, que el modo en que ejercieron el poder muchos de nuestros próceres sólo se comprende a la luz de la forma en que ejercieron el sexo.

Manuel Gálvez, uno de los escritores argentinos más polémicos de los albores del siglo XX, sostenía: “No se puede penetrar en la psicología de un hombre sin conocer su vida sexual (…) ganarían en humanidad nuestros grandes hombres si conociéramos sus amoríos. Aparte de que la vida pública no es independiente de la privada sino su prolongación, su refracción en el espacio”.

Esta frase resulta cierta, siempre y cuando se hagan algunas precisiones. En este sentido, debo aclarar desde ya que no me impulsó a escribir estas páginas el ánimo morboso de hurgar debajo de las cobijas de aquellos que forjaron la historia de esta nación. Con frecuencia se justifica la exposición de la vida privada de distintos protagonistas de la historia bajo la excusa de “bajarlos del pedestal de mármol y ponerlos a la altura de la gente común”, como si la gesta libertaria de San Martín fuese comparable con la pedestre biografía de algún oscuro cronista. En nombre de semejante pretensión se han cometido verdaderas profanaciones. No es el propósito de este libro derribar monumentos ni desnudar las preferencias sexuales, los secretos de alcoba ni la intimidad de nuestros próceres, disciplina, dicho sea de paso, tan en boga en estos días.

Cabe señalar, por otra parte, que los países, igual que los individuos que los habitan, deben su genealogía a un entramado de relaciones sexuales que, por su complejidad y extensión, muchas veces se pierden de vista. Centrar la mirada sobre estos procesos permite poner en evidencia las distintas estrategias de Estado tendientes a establecer alianzas sexuales con fines políticos, económicos y sociales. Así como en las viejas monarquías estas uniones tenían el claro propósito de sumar territorios, multiplicar fortunas y acrecentar el poder, en distintas épocas también el sexo sirvió como herramienta de apropiación y dominación. Desde la política de mestizaje que impuso el poder español para extender la sangre europea en territorio americano a expensas de privar a los hijos mestizos del derecho a la herencia y la propiedad, hasta las prácticas sexuales endogámicas, cuando no incestuosas, de la aristocracia interesada en que la mayor cantidad de extensiones quedara en manos de pocas familias, el sexo ha sido protagonista de la historia argentina.

La segunda hipótesis que fija el rumbo de este trabajo se desprende de la primera, es decir, si la historia de una nación se explica a la luz de la historia de la sexualidad, consecuentemente, no puede entenderse la vida sexual de un individuo si se ignora la Historia de su país. Así las cosas, puede aseverarse que la política, la historia, la singularidad y el sexo se alimentan mutuamente de manera tal que una categoría no encontraría su razón sino en relación con las otras.
La sexualidad ha estado tan presente en la Historia, en la política y hasta en la guerra que, en no pocas ocasiones, ha sido utilizada como un arma. Resulta interesante examinar de qué manera los calificativos y “denuncias” sobre las conductas o tendencias sexuales de tales o cuales personajes, muchas veces han sido una herramienta para descalificar sus acciones o sus ideas. Por ejemplo, la insistente mención sobre la presunta homosexualidad de distintas personalidades de la historia argentina no hace más que poner en evidencia las tendencias políticas homofóbicas y retrógradas de los propios denunciantes.

Tal vez uno de los casos más emblemáticos, en este sentido, sea el de Manuel Belgrano. Importa mucho menos conocer las preferencias sexuales de Belgrano que el verdadero debate que se oculta detrás de esa polémica trivial. Muchos afirman que las habladurías sobre la presunta homosexualidad de Manuel Belgrano son más bien recientes. Sin embargo, existen varios testimonios que dan cuenta de que aquellos rumores se originaron durante la época en que el abogado tomó las armas para luchar por la independencia. Los humillantes apodos que recibió Belgrano parecen tomados de una revista humorística de la época: “Bomberito de la Patria”, “General Cotorrita”, “Chupa verde” y “Rabo de Loro”, eran, sin dudas, motejos que buscaban mellar su autoridad militar menoscabando su virilidad. Todos estos apelativos eran alusivos a su porte, bastante alejado del castrense, y a su agudo tono de voz. Lo de “Cotorrita” sintetizaba en un solo apodo las dos burlas más frecuentes que recibía Belgrano: por una parte se referían a su voz chillona y, por otra, a su chaqueta verde, ajustada y rematada por una cola bifurcada que semejaba las plumas traseras de un loro. Muchas y muy insistentes fueron las menciones a su voz aflautada y su decir amanerado. Más allá de que no conste cómo hablaba Belgrano, ni que su tono e inflexiones pudiesen revelar algo de su sexualidad, resulta claro cuál era el propósito de estos rumores: poner en duda sus cualidades militares. Para dar órdenes y hacerlas cumplir entre una tropa compuesta por hombres sumamente rudos, había que ser enérgico y hacer valer la voz de mando. Al menos en términos prácticos, tan débil no debió ser la voz de Belgrano, habida cuenta de que supo imponer una disciplina férrea a sus subordinados. Aquel ejército estaba conformado por una soldadesca proclive a la indisciplina, la falta de preparación y la rebeldía. No era una tarea sencilla ponerse al frente de semejante tropa. Belgrano no sólo consiguió contenerlos bajo su mando, sino que logró mantenerlos a raya sometiéndolos a un régimen espartano: prohibió los juegos por dinero, la baraja, los bailes, la música a menos que fuera marcial, las trifulcas, las salidas con mujeres y, como si fuese poco, obligaba a sus hombres a rezar el rosario antes de irse a dormir a las diez de la noche. Aflautada o no, la voz de Belgrano era capaz de tronar tan fuerte como el escarmiento.

Esta capacidad de mando indiscutible contrasta con una anécdota según la cual San Martín, en Tucumán, debió reprender a Manuel Dorrego, paradigma de virilidad cuartelera, por burlarse de la forma en que el general Belgrano repetía con su voz afeminada las órdenes de marcha que impartía el Libertador. Lo cierto es que la rivalidad entre Dorrego y Belgrano tenía razones políticas mucho más poderosas que las frívolas y triviales que invocan ciertos historiadores. Es probable, y existen motivos para sospecharlo, que fuera el propio Dorrego quien, movido por veleidosas ansias de protagonismo, echara a rodar el rumor sobre la presunta homosexualidad de Manuel Belgrano. Acaso un pasaje de las Memorias Póstumas de José M. Paz permita fechar con exactitud el momento en que Dorrego, queriendo florearse ante San Martín durante una fiesta dedicada a un grupo de damas, puso en duda la hombría de Belgrano:

“El Coronel Dorrego, cuyo carácter es bien conocido, se chocó del aire de superioridad que tomaban los nuevos jefes y oficiales y empezó en sus conversaciones a atacarlos con el ridículo; quizá esta fue la verdadera causa de su destierro, pero la inmediata que dio motivo a él fue la siguiente. El general Belgrano había mandado invitar una actriz viuda, del Perú, que nombraban Chilma, para que fuese a ejercer su habilidad a una casa respetable, a cuyas señoras había ofrecido hacer este obsequio. La cantatriz se había indispuesto y mandó hacer sus excusas cuando estaban ya reunidos los jefes para la academia de la casa del General. Dorrego oyó el recado que dio el criado mensajero al general Belgrano, y lo echó a mala parte. Empezó a mofarse y a pifiar a aquél en términos que el general San Martín lo advirtió; quiso contenerlo con sus mudas indicaciones y no bastó. La misma noche tuvo orden de dejar Tucumán”.

Las burlas que Dorrego dedicó a Belgrano venían a cuento de que, según su ya mencionado criterio cuartelero, no era digno de un hombre y, mucho menos de un militar, ocuparse de los preparativos, disposiciones e indisposiciones de una cantante. Era aquélla una tarea para mujeres y, de hecho, era un número dedicado a las damas. Pero como Belgrano, además, era soltero, no tenía una esposa que se hiciera cargo de esos menesteres. Es de imaginarse la reacción que debió despertar en el espíritu de Dorrego no sólo que San Martín hubiese tomado partido por Belgrano, sino que, además, a causa de este episodio, lo condenara al destierro.

Belgrano era un hombre de rasgos finos y delicados; sus ojos azules enmarcados por unas cejas delgadas y el pelo ensortijado sobre la frente, le conferían un aspecto de distinción. Ciertamente, su estampa contrastaba con la criolla rusticidad de su tropa. No es novedad que, en determinados ámbitos masculinos como el castrense, la belleza, el refinamiento, la distinción y la destreza oratoria fuesen tenidos como adornos poco viriles o, lisa y llanamente, afeminados. El hecho de que Manuel Belgrano fuese un lúcido intelectual, en lugar de sumarle méritos a su condición de militar, para muchos constituía un demérito, como si al “hombre de acción” le estuviese vedado el don del pensamiento. Pero el problema no radicaba en que fuera un brillante pensador, sino, justamente, en que sus ideas iban más lejos de lo tolerable para ciertos sectores. No es en absoluto casual que la mayor parte de aquellos que pretendían extender la Revolución más allá de los límites de la independencia, con miras al territorio social, recibieran la misma “acusación”. Así, hombres de inspiración jacobina como Mariano Moreno o Juan José Castelli fueron igualmente calificados o, mejor dicho, descalificados con el mote de homosexuales. Digamos, de paso, que el uso de las comillas aplicadas al término “acusación” en relación con la homosexualidad sólo tiene sentido en nuestros días, ya que, por entonces, la homosexualidad era un delito. No había comillas que mitigaran la rigidez de la ley. De manera que afrontar en aquella época una denuncia semejante significaba exponerse a procesos legales, persecuciones, destierro y juicios sumarios que podían terminar en la muerte.

No existe evidencia alguna que indique que Belgrano hubiese sido homosexual; el hecho de que fuera soltero no prueba, como muchos han sugerido, que no se sintiera atraído por las mujeres: al contrario, a falta de una esposa, se sabe que tuvo varias mujeres y que, aunque no los reconoció, tuvo dos hijos. Este punto también resulta revelador, por cuanto pone de manifiesto la dudosa vara moral que utilizan determinados apologistas de Belgrano. Estos defensores de la “honra”, el “buen nombre”, el “honor” y la “moral” del general Belgrano presentan como prueba irrefutable de su “hombría” el hecho de que dejara descendencia. Así, Pedro Rozas, hijo de Manuel Belgrano y María Josefa Ezcurra, hermana de Encarnación Ezcurra, la esposa de Juan Manuel de Rosas, sería la primera prueba material de la virilidad de Belgrano. Menos conocido que la paternidad de Belgrano es el hecho de que María Josefa, cuando quedó embarazada del general, estaba casada con Juan Esteban de Ezcurra, un primo de ella llegado de España. La segunda prueba que invocan los panegiristas de la heterosexualidad de Belgrano, es que hubo aún otra descendiente: Manuela Mónica del Corazón de Jesús, hija que tuvo con María de los Dolores Helguera. Pese a que no existe duda alguna de la paternidad de Belgrano sobre Pedro y Manuela, el general expresó en su testamento: “Declaro: Que soy de estado soltero, y que no tengo ascendiente ni descendiente”. Resulta al menos llamativo que los defensores de la “decencia” de Belgrano consideren un gran mérito moral la heterosexualidad y, en cambio, no les merezca comentario alguno que el general hubiese decidido renunciar a las obligaciones que le significaba el ejercicio de su “hombría”. Pero, claro, para muchos defensores de la moral y las buenas costumbres el abandono de los hijos es menos condenable que la homosexualidad.

La Historia, sin embargo, sirve también para buscar los motivos, sin que éstos sean un atenuante, que expliquen las decisiones que debió tomar un hombre en un momento determinado. Resulta muy fácil condenar, pluma en mano y siglos más tarde, la conducta de aquellos que, en circunstancias extremas, no gozaban de la tranquilidad de los historiadores postreros; al contrario, debieron afrontar los rigores del campo de batalla y tomar decisiones que implicaban la vida o la muerte. Bajo aquellas condiciones, ¿qué llevó a Belgrano a mentir en su testamento y renegar de la paternidad?

Belgrano tenía más de cuarenta años cuando conoció a María Dolores Helguera, una hermosa adolescente cuya aniñada belleza deslumbró al general. Hacia fines de 1817 mantuvieron un romance tan breve como apasionado. Belgrano estaba verdaderamente enamorado de la muchacha, pero antes de que pudiese proponerle matrimonio, en enero de 1818 recibió una orden impostergable: debía partir rumbo a Santa Fe. Al momento de la partida, ambos ignoraban que Dolores estaba embarazada. Sola y sin esperanzas de que sus destinos pudiesen volver a unirse a causa de la itinerante vida militar de Belgrano, María Dolores se sometió a la decisión de sus padres, quienes la obligaron a casarse con otro hombre para evitar el oprobio que significaba ser una madre soltera. La pequeña Manuela Mónica nació el 4 de mayo de 1819. Manuel Belgrano conoció a su hija algunos años después y, pese a que todavía estaba profundamente enamorado de Dolores, tuvo que resignarse al hecho de que su amada se había convertido en una mujer casada. De manera que, para aliviar la tragedia sentimental y ahorrar sufrimiento a la joven María Dolores, Manuel Belgrano decidió desaparecer de la escena. Sin embargo, no era un secreto para nadie que la niña era hija de Belgrano, a punto tal que fueron los hermanos del general quienes la criaron. El hijo mayor de Belgrano, Pedro, no fue adoptado por su familia paterna como Manuela Mónica, sino por el mismísimo Juan Manuel de Rosas quien, como ya hemos dicho, era su tío político. Resulta notable el hecho de que los vínculos que unían o, eventualmente, separaban a los padres de la patria no sólo eran de orden político, sino que, también, estaban signados por avenencias y desavenencias sexuales. No deja de constituir un acontecimiento realmente asombroso que Juan Manuel de Rosas, impiadoso hasta la crueldad con sus adversarios, se hiciera cargo del hijo abandonado por Manuel Belgrano, hombre ubicado en las antípodas ideológicas del Restaurador de las Leyes.

Más allá de cualquier juicio sobre la decisión de negarse a reconocer a sus hijos, hay que destacar la disyuntiva existencial que afrontó Belgrano en su momento, ya que, si los hubiese reconocido, hubiera comprometido el nombre y el honor de dos mujeres con las que el general compartió parte de su vida.

 
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