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Federico Andahazi

el principe

Reseñas de EL OFICIO DE LOS SANTOS


Contar el cuento como Dios manda

Con El oficio de los santos, Federico Andahazi da a conocer una serie de cuentos que escribió en diferentes bares durante los años ’80. Con notable unidad estructural y un buen pulso para el humor catastrófico, estas piezas trazan una genealogía argentina del novelista cosmopolita.


(…)

El oficio de los santos es, entonces, un libro que no contradice aquello de que el cuento es el género tradicional por excelencia de la literatura argentina: montado en torno de un pueblo fantasma terriblemente vívido, Quinta del Medio, en el que conviven una serie de personajes tan extraños como bien delineados –entre ellos, un cura del tercer mundo pero conservador: Toribio de Almada, y Pierre, un médico que le hace la competencia al llegar al pueblo desafiando a sus pacientes a no morir luego de su extremaunción y robándoles a todos sus feligreses– que van desfilando entre los cuentos incluso desafiando cronologías. Como sucede con el militar Severino Sosa, quien participa tanto de los conflictos entre unitarios y federales como de la guerra de Malvinas, rata traidora no apta para lectores irascibles cuya frase de cabecera resuena una vez que se cierra el libro: “Sepa que estoy en deuda con usted, sucede que odio tener deudas”.
Plagados de ejércitos, bandos, batallones y combates mínimos dentro de grandes guerras, estos cuentos van, precisamente, desde la alianza conmovedora entre La Gringa, una vieja borracha que es secuestrada por equivocación, y un verdugo que la adopta como su propia madre (“El sueño de los justos”) hasta la impresionante historia de un soldado de apellido irlandés que se recluta voluntariamente en un batallón de Malvinas para vengar el secuestro de su hermano, urdido por un militar llamado Sosa de cuya cara nunca pudo olvidarse, y a quien incluso termina salvándole la vida buscando cocinar bien fría su venganza (“El Dolmen”).
Si bien el tono de muchos de estos cuentos recuerdan al Borges de “Historia del guerrero y de la cautiva”, hay que decir que alcanzan mucha originalidad debido, sobre todo, a ese insistente trabajo de repeticiones a distinto nivel que refuerzan la estructura general del libro –casi todos los cuentos, por ejemplo, empiezan con la fórmula “fue el mismo año en que...”–. Otro rasgo original tiene que ver con el contraste entre la gravedad de lo que se cuenta y el uso de un humor muy eficaz (se suele decir que “colgaron cabeza abajo a alguien recién decapitado”) que, por momentos, llega a despertar carcajadas, especialmente en el excelente cuento “Almas misericordiosas” en que en medio del conflicto entre unitarios y federales, un rehén cree estar siendo ayudado por una de las mujeres enemigas de manera muy amorosa, tan amorosa que lo usan como esclavo sexual junto a otras mujeres, una de las cuales es “contrahecha, deforme, gibosa, tuerta, renga, vieja, hedionda, calva, lívida, enferma, escrofulosa, sucia y harapienta”.
Así las cosas, este nuevo volumen de cuentos añejados vuelve a diferenciarse de las novelas de Andahazi en cuanto resuelve meter mano en temas de raigambre nacional a diferencia de las temáticas más cosmopolitas de sus novelas; aunque, al mismo tiempo, y paradójicamente, dado su notable poder estructural, puede leerse como una novela.

Juan Pablo Bertazza, Página 12, Radar.

 

 

Otra excursión a la patria salvaje

Exitoso novelista, en El oficio de los santos Federico Andahazi apuesta por un rosario de historias breves, enhebradas en torrno a un lugar y a un momento histórico precisos. Quinta del Medio es un pueblito que se intuye fronterizo entre la civilización y la barbarie de la guerra civil. Disputado por la Unión y Ia Confederación, todo en él gira en torno a sus instituciones: la prisión, la iglesia, el hospicio. El libro apenas abandona este paisaje para cerrarse entre los fiordos de Malvinas, trazando una diáfana línea de sentido. Barroco (pero no tanto), El oficio… parece que¬rer comunicarse con aquellas narraciones misteriosas con las que Mujica Láinez quiso crear una mitología para BuenosAires, sin su preciosismo pero también sin los excesos de amaneramiento que signan el estilo manucheano.
Surge en estos cuentos (reedición de sus primeros trabajos) una brutalidad que es afín no sólo al fondo social en que se desarrollan, sino que además resultan un conjuro para la apari¬ción de lo heroico, tanto como la de su gemelo deforme, lo miserable, emergiendo desde lo más profundo de las pasiones humanas. En La isla de los condenados—posiblemente el mejor de los textos incluidos aquí-, Quinta del Medio ha quedado sitiada a causa de una gran inun¬dación. mientras una peste comienza a reclutar un ejército de muertos y enfermos. Son tantos los caídos, que entre los vivos ya no importa quiénes están libres y quiénes encerrados. Dos personajes disputan el centro de esa escena: uno preso, el hombre más respetado del pueblo; el otro, el más temido, su carcelero y torturador. Ambos enfermos. El primero relegará el ansia de venganza para buscar ayuda más allá de esa isla en tierra firme. Quizá en ellos Borges hubie¬ra sabido encontrar dos hombres de valor que, como suele ocurrir en toda épica, se debaten en¬tre la rigidez ética de sus principios y la pasión de sus sentimientos. Dos hombres de valor en los que sin dudas el lector alcanzará a distinguir entre el héroe y el canalla (o hijo de puta, si se evita el eufemismo).
El final de su último cuento, El dolmen, vendrá a confirmar esa distancia entre lo uno y lo otro: que de lo estético a lo ético y del arte a lo moral, hay cosas que nunca cambian; que lo humano, aun siendo vastísimo, siempre se detiene en el límite único y último de sí mismo. Que errar es el destino final de cada hombre.

Juan Pablo Cinelli, Perfil, Cultura.

 

 

Andahazi se reencuentra con sus cuentos

Al rescate de una serie de cuentos escritos en distintos bares de la ciudad de Buenos Aires, el escritor Federico Andahazi publicó El oficio de los santos, "un reencuentro muy sentimental" con su escritura de la década del 80.
Editado por Emecé, el libro cuenta historias cuyo común denominador son los pedidos de auxilios de los distintos protagonistas a determinados santos, como San Simeón, protector de los prestamistas; Santa Lucrecia, protectora de los soldados ante la ira de los superiores o San Ramón Nonato, salvaguarda de las embarazadas.

Analía Paez, TELAM, Cultura.



Batallas, traiciones y dolencias en el último libro de Andahazi

Una prosa limpia recrea los momentos en que los hombres se encomiendan a los santos.

El acopio de cuentos escritos y premiados en diversos concursos literarios, en los años ochenta por un Andahazi veinteañero, con argumentos simples y simbólicos, constituye el material de El Oficio de los Santos.
Quinta del Medio, un pueblo un poco perdido en el espacio y en el tiempo, pero ya un lugar común en la historia de la literatura, tal como el Macondo de Cien años de Soledad, o el Comala de Pedro Páramo, será el hilo conductor de los relatos, donde se entretejen las antiguas luchas entre Iglesia y poder, entre el amor y la moral.
Hombres que se encomiendan a santos en ciertas situaciones porque para cada una hay un santo; y situaciones que tradicionalmente precisan de santos, atraviesan las historias de corte realista y tono mágico. Con una prosa clara, limpia, el autor nos presenta personajes rurales y toscos, a veces ortodoxamente crueles, otras irónicamente tiernos, que no buscan mucho y encuentran demasiado en los caminos de la vida. Quinta del Medio es escenario de batallas, de historias de traición, de extrañas enfermedades, de simbólica lucha por el poder entre la ciencia, la religión y la política. Curiosamente, aparecen personajes cuyos nombres se repiten en diferentes momentos históricos y en diferentes cuentos, pero conservan los mismos caracteres. Tal el caso de Severino Sosa, personaje que atraviesa casi todos los cuentos con su faceta de estereotípico canalla.
Federico Andahazi nos tiene acostumbrados a su prosa florida, sencilla y eficaz, combinada con giros sexuales que a muchos escandalizaron y a otros nos divierten. En El oficio de los Santos, esa prosa no cambia. Hay un uso del estilo indirecto para eludir la tradicional forma de diálogo, que da buen ritmo a la lectura. El cuento final se escapa un poco del universo temporal y espacial que forman los anteriores, pero también allí un Severino Sosa que repite, en otro contexto que no es Quinta del Medio (o acaso sí lo es) la conducta que dicta su nombre.

 

Tópicos y cometido

Más allá de los puntos en común con la prosa de Borges (es difícil para muchos escritores alejarse del campo gravitatorio del genial escritor), con el acento elemental, sucinto, atómico, de Juan Rulfo (aquel "indio" según Osvaldo Bayer) o con la imaginación realista-mágica de García Márquez, el libro cumple su fin: se deja leer, y lo hace propiciando comodidad y placer.

Cesar Di Primo, La gaceta de Tucumán, La gaceta literaria.

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