| LA CIUDAD DE LOS HEREJES
PRIMERA PARTE
La casa de Dios
1
TROYES, FRANCIA, 1347
El viento era un sollozo al cortarse en las agujas de la abadía de Saint-Martin-es-Aires. Semejante a los aullidos que los perros ofrecían a la luna llena, aquel sonido se mezclaba con los provenientes de los claustros. Era la hora en la que el silencio monacal se convertía, poco a poco, en una sorda letanía: los látigos tronando sobre las espaldas llagadas de los monjes flagelantes, los lamentos ahogados por la penitencia, las oraciones susurradas y las invocaciones a viva voz, los gemidos que procedían del éxtasis místico y los otros, los nacidos de las pasiones menos devotas, todos, a un tiempo, iban creciendo entre los muros del monasterio con la llegada de la noche. El joven padre Aurelio caminaba resuelto, como si intentara tapar con sus pasos ese sórdido murmullo. Buscaba un poco de silencio. Sosteniendo un pequeño candil avanzaba en el oscuro y angosto pasillo de piedra, a cuyos lados se distribuían las puertas de los claustros desde donde surgía aquella retahila de sonidos. Se echó la capucha sobre la cabeza intentando inútilmente dejar de oírlos. El repetido concierto de cada día luego del ángelus mortificaba el susceptible ánimo del novicio padre Aurelio, pero esa noche no podía evitar un mal augurio. Había algo que desentonaba en ese coro sombrío, aunque no podía precisarlo. Iba camino a la crujía que circundaba la plaza central de la abadía para distraerse con el canto de los grillos y el chillido de los murciélagos, cuando desde alguna de las puertas pudo distinguir un grito que fue inmediatamente silenciado. El corazón le dio un vuelco. No había sido una queja surgida de la autoflagelación. Por un momento dudó de que aquel breve alarido fuese humano. Se detuvo e intentó descifrar algo en medio del bullicio doliente; iba a retomar la marcha pero en ese mismo instante volvió a repetirse el grito que, igual al anterior, fue sofocado. Giró sobre sus talones y sigilosamente volvió sobre sus pasos. El corazón del padre Aurelio latía con la fuerza de la inquietud. Llevado por la más pura intuición se detuvo frente a la puerta del cuarto del hermano Dominique. En el interior se había hecho un silencio sospechoso. Dominique de Reims solía infligirse varios azotes todas las noches antes de dormir, Aurelio conocía la exacta duración de las diarias sesiones de latigazos. De pronto se oyó una respiración agitada, un crujido de maderas —probablemente la litera— y entonces sí, otra vez se oyó esa misma queja. No era aquella la ronca voz del hermano Dominique; era una voz aguda, angostada más aún por el sufrimiento. El joven cura alejó el candil de su cuerpo y en el piso, bajo sus propios pies, pudo ver unas huellas de barro fresco que se deslizaban hacia el otro lado de la puerta. Un nuevo grito lo sobrecogió. Se vio compelido a golpear la puerta, pero se detuvo antes de descargar la urgencia de su puño; se dijo qué no lo asistía el derecho de interrumpir la jaculatoria de su hermano de retiro, que si sus sospechas no tenían un fundamento cierto, cometería pecado. Se disponía a seguir camino, cuando distinguió dos gotas de sangre entre las marcas del barro que había en el piso. Se inclinó y comprobó que la sangre aún estaba fresca. Volvió a incorporarse y escuchó claramente una voz que parecía suplicar clemencia. Entonces sí, estrelló sus nudillos contra la puerta. Sin embargo, la madera no llegó a sonar: al contacto con la mano impetuosa, las bisagras chirriaron y la puerta, que no estaba trabada, se abrió lentamente; de pie junto a la litera, con los tobillos enredados en el hábito y completamente desnudo, el hermano Dominique sujetaba por el cuello a un niño que se revolvía entre las cobijas, resistiendo cuanto le permitían sus magras fuerzas los brutales embates del cura. Con una mano hundía la cara del pequeño contra el jergón y con la otra se untaba el glande, inflamado y violáceo, con el sebo caliente que caía de uno de los cirios encendidos. Tal era el arrebato de Dominique de Reims, que no se percató de la inesperada visita. El niño, cuyas ropas estaban violentamente rasgadas, gruñía, berreaba y suplicaba clemencia cada vez que el clérigo intentaba meter su grasienta verga en ese cuerpecito que se le resistía con vigor. Si Aurelio no intervino de inmediato fue porque no podía salir de su estupor. Pero al azoramiento inicial le siguió una indignación que le nació en el abdomen y se le instaló en los puños: estaba por saltar al cuello de su hermano, cuando, al ver el Cristo que presenciaba la escena desde la cabecera del camastro, intentó apaciguarse. Descargó su indignación en la puerta, empujándola de tal modo que el picaporte golpeó con estridencia contra la pared. Sólo entonces el hermano Dominique se dio por enterado de que tenía visitas. Lejos de mostrar sorpresa, y menos aún pudor, el cura soltó suavemente la cabeza del niño quien, ni bien dejó de sentir la opresión en el cuello, se incorporó y, sin siquiera tomar sus ropas, salió corriendo como una liebre, perdiéndose de inmediato fuera del cuarto. Los dos hombres se quedaron a solas. Dominique de Reims ni siquiera se dignaba mirar al joven cura; tomó un viejo lienzo y, desnudo como estaba, procedió a limpiarse el sebo que le chorreaba desde esa suerte de tronco grueso, todavía enhiesto y sacudido por espasmos.
—En esta casa sagrada se acostumbra llamar a la puerta antes de entrar —dijo, a la vez que recogía la sotana del suelo y se vestía lentamente.
Aurelio no contestó, se limitó a mirarlo fijamente a los ojos y a cerrar la puerta a sus espaldas. Dominique de Reims soltó una sonora carcajada y señalando el promontorio que levantaba el hábito por debajo del ceñidor, le dijo:
—¿Queréis hacer justicia con vuestras propias manos? Muy bien, hacedla de una vez, aquí os espero —agregó abriendo los brazos, como entregándose al arbitrio de su interlocutor, a la vez que echaba la pelvis hacia delante poniendo aún más en evidencia las dimensiones de aquello que se elevaba bajo las ropas.
El joven cura pudo percibir que esas palabras no eran sólo un sarcasmo, sino que había en ellas un ambiguo dejo de proposición verdadera. El hermano Dominique estaba evidentemente borracho, su boca apestaba a vino de misa. Sin embargo, lejos de parecerle un atenuante, al padre Aurelio lo invadió una furia todavía mayor. Señaló hacia el Cristo que presidía el cuarto; eran tantos los insultos e imprecaciones que le nacían que, poco menos, se atragantó con ellos y no pudo soltar ni uno. Jamás había sentido ninguna simpatía por el hermano Dominique, lo creía capaz de muchas cosas, pero nunca de semejante atrocidad. Cierta vez había llegado a sus oídos la versión de que algunos miembros de la orden, subrepticiamente, solían traer niños de la alquería vecina al monasterio, pero no lo creyó posible. Antes de que Aurelio pudiera decir algo, el monje se sirvió vino en un cáliz agrisado, se sentó en el borde de la litera y señalando una silla junto a un pequeño pupitre, invitó a su visitante a que también tomara asiento. El joven cura declinó el convite y permaneció de pie junto a la puerta.
—Sois muy joven todavía —empezó a decir el corpulento prelado—, a vuestra edad yo hubiese procedido del mismo modo. Pero hay cosas que deberíais saber.
El hermano Dominique hablaba como si el que tuviese que disculparse fuera Aurelio, de pronto se dirigía a él con un tono de paternal indulgencia y con la hierática actitud de quien está a punto de hacer una revelación. Serenamente le explicó que lo que acababa de presenciar no quebrantaba en absoluto los votos de castidad ni contravenía los principios de abstinencia y continencia promovidos por San Agustín, pues no involucraba la participación de una mujer, arma del demonio y culpable del pecado original. Al contrario, los hermanos de la Orden Agustiniana a la que pertenecían, tenían como apotegma el pasaje del Libro de los Apóstoles que proclamaba: "La multitud de creyentes posee un solo corazón y un alma única, y todo es común entre ellos". Le recordó que la amistad y la fraternidad llevadas hasta el límite, eran la esencia de la vida agustiniana y que no otra cosa era lo que había visto: un acto de amistad desinteresado. Le hizo ver que si leía la obra de San Agustín comprobaría que las palabras que con más frecuencia aparecían en ellas eran amor y caridad. Entonces pronunció la más célebre sentencia del santo: "Ama y haz lo que quieras porque nada de lo que hagas por amor será pecado". Una sensación de náusea invadió al hermano Aurelio; en ese momento supo que cualquier cosa que pudiera decir sería en vano. Abrió la puerta y salió del claustro de Dominique. |