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Federico Andahazi

pecadores y pecadoras

FEDERICO ANDAHAZI

PECADORES Y PECADORAS

Historia sexual de los argentinos III
Desde el golpe de 1930 hasta Cristina Kirchner

PALABRAS PRELIMINARES

El campo de la historia es el terreno fértil de la polémica. La política contemporánea, resultado de complejos procesos históricos, está marcada a sangre y fuego. El eco de las viejas contiendas y las heridas todavía abiertas determinan el tono exaltado que caracteriza el debate político en la Argentina. Los orígenes de nuestro país no son ajenos a la violencia: la brutalidad de la Conquista por parte de los españoles, las luchas por la Independencia, la guerra civil entre unitarios y federales, el feroz aplastamiento de las luchas populares, los sucesivos golpes militares, la enajenación del patrimonio público y el saqueo sistemático, producto de una corrupción estructural, explican el tenor de estas controversias. Escribir sobre nuestra historia implica reavivar los rescoldos de un pasado conflictivo, que todavía arde sobre la dolida epidermis nacional.
Si hablar de historia resulta una tarea ardua y revive las más encendidas pasiones, no parece más sencillo abordar la sexualidad. Cualquier alusión al sexo despierta, aún hoy, las más escandalizadas reacciones de pocos, aunque poderosos, sectores de la sociedad. Pero si, además, se trata de indagar en la sexualidad de los personajes más emblemáticos de nuestro país, las voces de los custodios de la moral y la tradición se elevan con una exaltación semejante a la de los inquisidores medievales. La combinación de ambos elementos –historia y sexo- resulta una mezcla intolerable para quienes se proclaman guardianes del pundonor patrio.
He escrito, y lo he repetido con frecuencia, que no puede comprenderse la historia de una Nación si se desconoce la historia de su sexualidad; de hecho, los países, igual que cada uno de sus habitantes, son hijos de una vasta red de relaciones sexuales, cuya trama sólo puede percibirse a la luz de las sucesivas políticas de Estado. El mestizaje durante la Conquista, la consolidación de las oligarquías mediante las alianzas entre familias -e incluso, bordeando el incesto, dentro de una misma familia-, el impulso a la inmigración propiciado hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX son algunas de las sucesivas políticas de Estado de naturaleza eminentemente sexual. Es decir, la sexualidad no es una nota pintoresca de la historia, sino su motor, el impulso surgido de la particular encrucijada, para decirlo de manera general, entre la naturaleza y la cultura.
Desde el primer volumen de la Historia sexual de los argentinos he sostenido que varios de los hechos públicos que han cambiado el curso de la historia sólo pueden entenderse iluminando algunos aspectos de la vida privada de sus protagonistas. Juan Lavalle cae derrotado en la campaña del Norte, no a manos de sus enemigos, sino a expensas de sus propios impulsos amorosos al intentar escapar de la alcoba de su amante, Damasita Boedo, a cuyo hermano, Mariano Boedo, había hecho fusilar. Rosa Campusano, la amante ecuatoriana de San Martín, sacaba información a los oficiales realistas con quienes se acostaba para entregarla luego al Libertador en su propia cama. La apasionada relación amorosa entre Roque Sáenz Peña con una joven “plebeya”, que resultaría ser su propia hermana, sería una anécdota carente de interés público, si no hubiese sido por la incidencia fundamental que este hecho tuvo en la historia argentina: horrorizado ante el descubrimiento, Roque Sáenz Peña, igual que los héroes de las tragedias griegas, decidió ir a morir a la Guerra del Perú. Sin embargo, su participación destacada en esta conflagración fratricida lo haría regresar al país como un paladín de la unión sudamericana, siendo éste el primer peldaño en su ascenso hacia la presidencia de la Nación. Todos estos ejemplos demuestran que el sexo ha sido protagonista fundamental en varios capítulos de nuestra historia.
El criterio que ha guiado la investigación de esta obra se sustenta en dos principios: por una parte, exponer sólo aquellos aspectos de la vida privada de los personajes públicos que han tenido consecuencias en la vida política de la Nación y, por otra, analizar de qué forma se ha ido construyendo el relato sobre la sexualidad de los argentinos. Es decir, cómo los distintos factores culturales, sociales, periodísticos, religiosos, etcétera, han producido las múltiples y contradictorias versiones sobre los más diversos tópicos atinentes al sexo.
Varias polémicas se han generado a partir de la publicación de Pecar como Dios manda y, sobre todo, de Argentina con pecado concebida. No es el propósito de estas líneas contestar las opiniones mejor o peor intencionadas, más o menos serias, más o menos intolerantes sino, al contrario, poner de manifiesto que, en materia de historia y sexualidad, no sólo es imposible dejar conformes a todas las partes, sino, probablemente, a ninguna. Ahora bien, si hablar sobre la sexualidad de ciertos personajes del pasado levanta semejante polvareda, podrá imaginar el lector el desafío que implica examinar la vida íntima no ya de próceres y personajes que descansan en el panteón de la historia, sino de personas cercanas en tiempo y espacio, que, en muchos casos, ocupan lugares encumbrados en los estamentos del poder.
Se suma a estos factores otro elemento no menos polémico: el de la actualidad. Mucho he cavilado acerca de la pertinencia de ocuparme del presente ante las prevenciones del riesgo que implicaba semejante posibilidad. En algunos casos tales consejos eran formulados con sincera preocupación y en otros a modo de velada advertencia. Cierto es que la mayor parte de los historiadores prefiere evitar la actualidad alegando razones de objetividad y la necesidad de mantener una prudente distancia con los acontecimientos. Sin embargo, he decidido llegar hasta nuestros días por diversos motivos. En primer lugar, porque no me impulsa el afán científico del historiador, sino la más pura pasión y el legítimo deseo de narrar, opinar y denunciar lo que todavía está al alcance de la vista. Aun admitiendo la dificultad de considerar los hechos contemporáneos con imparcialidad, con igual lógica habría que decir que en el mismo defecto reside la virtud: a lo largo de este trabajo puede comprobarse de qué manera los textos escritos en el fragor de las batallas, los alegatos surgidos de la emoción del momento, tienen un valor testimonial mucho más precioso que el del frío examen analítico y postrero. Por otra parte, sería una cobardía inaceptable rehuir la polémica que, por fuerza, implica hablar de personajes cercanos en el tiempo y en el espacio.
Cuando me acercaba al final de este libro se produjo un hecho doloroso que, sin dudas, habrá de marcar una bisagra en la historia argentina: el 27 de octubre de 2010 falleció el ex Presidente de la Nación Néstor Carlos Kirchner, protagonista de la última parte de este libro. En ofrenda a su memoria y convencido de que la historia también se narra en el presente, he decidido compartir con el lector mi testimonio de los hechos al mismo tiempo que se producían. No se me ocurre mejor homenaje a Néstor Kirchner que escribir con la mayor honestidad sobre su persona.
Llegado a este punto, me veo en la obligación de hacer una advertencia: aquellos lectores que esperen encontrar en esta obra una fuente para alimentar alguna curiosidad morbosa, están a tiempo de cerrar este libro y buscar en la abundante literatura de alcoba, tan de moda en nuestros días. A lo largo de las páginas que siguen intentaremos develar los resortes ocultos que rigen las inconfesables relaciones entre el sexo y el poder, cuyos alcances no sólo han determinado la historia de nuestro país, sino los criterios, los juicios y los prejuicios que gobiernan la sexualidad de cada uno de nosotros.

I
LOS PECADOS MORTALES

1
DE LOS AÑOS LOCOS A LOS AÑOS DE LOCURA

Existe la creencia, ciertamente extendida, de que la flecha de la historia avanza en el mismo sentido de la evolución de las libertades y la apertura de criterios en materia de sexualidad. Sin embargo, al examinar someramente los distintos períodos, se comprueba fácilmente que esto no es así; al contrario, en algunas ocasiones, el sexo parece moverse en sentido contrario. Basta remontarse a la Grecia clásica o a las orgías del Imperio romano para verificar que, en comparación, por ejemplo, con los cánones victorianos, se ha experimentado un enorme retroceso. Pero no es necesario ir tan lejos: si cotejamos la Argentina de fines del siglo XIX y comienzos del XX con el panorama nacional surgido del aciago golpe militar de 1930, la involución en materia sexual coincide con el ocaso de las libertades civiles, de los derechos sociales y de las condiciones laborales.
La inmigración masiva promovida a mediados del siglo XIX produjo un giro copernicano en las aldeanas costumbres sexuales de nuestra sociedad. De la noche a la mañana, Buenos Aires abandonó su fisonomía colonial y se convirtió en una metrópoli palpitante, plena de ámbitos en los que habría de desarrollarse una cultura propia y singular, producto de la fantástica mezcla de identidades. De ese cruce de lenguas, de melodías y de danzas surgiría el tango en la penumbra de los prostíbulos y los cabarets. A partir de ese momento, una vertiginosa sucesión de hechos parecía poner a la Argentina en la senda de un imparable progreso social, político y sexual: las ideas socialistas, las nacientes aspiraciones sindicales de los trabajadores, el lenguaje tanguero con su primitiva carga de procacidad y su lírica erótica, evidenciaban un potencial de rebeldía inédito. Pero no solamente en las clases proletarias se experimentaba este cambio; a pesar de la diferencia de intereses, este impulso surgido desde abajo habría de modificar, también, las costumbres de las clases altas: poco a poco la sociedad evolucionaba hacia una visión más alejada de los rígidos patrones moldeados por la Iglesia. Las mujeres, de manera incipiente, tomaban la palabra y la iniciativa, para escándalo de los sectores más conservadores. Las “indecentes” relaciones amorosas de Lola Mora y el escándalo que significó la publicación de las relaciones de Victoria Ocampo con tantos y tan célebres hombres de la cultura rompían, si no con las costumbres, al menos con los códigos de la doble moral propia de la aristocracia.
Así, a comienzos del siglo XX, las clases acomodadas vivían con euforia la sensual frivolidad de los años locos mientras los más pobres, los inmigrantes y los criollos trabajadores, se organizaban en torno de los nuevos ideales de libertad. Unos desafiaban las rancias tradiciones de su clase en los cabarets más lujosos de Recoleta y los otros celebraban sus luchas y conquistas en los miserables burdeles del sur. Y todos, unos y otros, se contoneaban al ritmo voluptuoso del tango. Sin embargo, cuando todo parecía encaminarse hacia la ruptura de los viejos cánones, los intereses opuestos se agudizaron a un punto irreconciliable. Entonces, aquellos años locos se convirtieron en años de locura, de odio de clase hacia los inmigrantes pobres y los trabajadores que luchaban por mayores derechos sociales. De pronto, llegó la noche de los fusiles y las bayonetas. Hacia fines de la década del ’20, la fiesta se vería abruptamente interrumpida. El 6 de septiembre de 1930, con el golpe militar encabezado por José Félix Uriburu, se inauguró la siniestra saga de las dictaduras militares en la Argentina. La mutilación de las libertades democráticas y los derechos civiles elementales se haría extensiva a todas las manifestaciones de las prácticas sexuales.
Como subteniente del ejército, Uriburu formó parte de la “Logia de los 33”, una facción de oficiales que en 1890 organizó la Revolución del Parque, la insurrección cívico-militar que culminó con la renuncia de Juárez Celman. Iniciado el nuevo siglo, en 1905, José Félix Uriburu fue el encargado de aplastar la revolución radical encabezada por Hipólito Yrigoyen. La feroz represión incluyó el encarcelamiento de centenares de trabajadores agremiados, el amordazamiento de la prensa socialista, el ataque a los nacientes sindicatos y la brutal embestida contra la manifestación obrera del 21 de mayo, que terminó con dos muertos y decenas de heridos diseminados en Plaza Lavalle.
Tan heroicas participaciones llevaron a Uriburu a ocupar la dirección de la Escuela Superior de Guerra en 1907 y en 1913 viajó a Alemania para completar su formación prusiana. De regreso al país, fue miembro del Consejo Superior de Guerra hasta que el presidente Hipólito Yrigoyen ordenó su retiro. Cuatro días después de que José Félix Uriburu tomó el poder por asalto, una vergonzosa, infame e ilegal acordada de la Corte Suprema de Justicia de la Nación avaló, por primera vez, el derrocamiento de un presidente constitucional. De inmediato se disolvió el Congreso, se declaró el estado de sitio, se intervinieron las provincias y se implantó un régimen autoritario inspirado en el naciente fascismo que comenzaba a extenderse en Europa. Acaso, una de las “instituciones” más representativas de la dictadura de Uriburu haya sido la flamante Sección Especial de la Policía Federal, cuya función más elevada era la de encarcelar y torturar a los opositores, fueran éstos reales, potenciales o sospechados. Por otra parte, se abolió la autonomía de las universidades consagrada en la Reforma de 1918 y se impuso una férrea censura a los medios de prensa.
Por entonces habría de consolidarse una alianza indisoluble entre la Iglesia católica, el régimen castrense y los grupos ligados a la oligarquía terrateniente. Esta era la verdadera y única Santa Alianza. En los despachos públicos, escuelas y colegios confesionales, de pronto se erigieron carteles que, en tipografía gótica, rezaban: “Dios, Patria, Hogar: hermosa trilogía cuyos frutos son progreso, paz y fraternidad”. Los tímidos avances en materia de libertades sexuales alcanzados hasta entonces fueron borrados de un plumazo.
El cine y los espectáculos públicos han sido, desde siempre, un fiel indicador del grado de tolerancia de una época. Resulta notable que, desde los albores del siglo XX hasta 1930 casi no existiera la censura. A propósito, el célebre director de cine Mario Soffici ha sido elocuente al declarar en 1975: “Yo siempre he dicho que hasta el año ‘30 he conocido la verdadera libertad, la libertad de expresión que le permitía a usted en los teatros, en las revistas, en todo, hablar con entera franqueza”.
Confirmando las palabras de Soffici, una breve recorrida por las carteleras previas al golpe mostraba algunos títulos verdaderamente audaces. De hecho, muchas películas europeas prohibidas en sus países de origen podían verse sin problemas en las salas de Buenos Aires. Un caso curioso fue el estreno en 1928 de Aphrodite, una película, de Pierre Marchal, basada en la novela de Pierre Louÿs. El film se promocionó como "la obra más sensual de la literatura francesa que revive con lujo inusitado la antigua Grecia con todos sus vicios y refinamientos sexuales" y agregaba que la película "ha despertado la admiración de todo el mundo por la belleza de sus desnudos artísticos". Para agregar un poco de curiosidad morbosa, el afiche publicitario advertía: "Inconveniente para señoras y señoritas". La exhortación, claro, tenía mucho más de señuelo que de prevención. La película soportó alternativamente la deliberada indiferencia moralista de un sector de la prensa y las críticas indignadas de alguna publicación católica que la tildó de pornográfica; en fin, una suerte no muy distinta de la que corrieron muchas obras no ya a comienzos, sino a fines del siglo XX. Lo más curioso del caso es que, contrariamente a lo que muchos daban por sentado, Aphrodite no era una producción francesa, tal como se promocionaba, sino que detrás del pseudónimo Pierre Marchal se escondía el realizador argentino Luis Moglia Barth quien, por lo visto, no estaba dispuesto a poner su nombre en un film erótico. Por esos mismos días, las marquesinas de los teatros Florida y Ba-Ta-Clán exhibían títulos tales como La vendedora de caricias y Un mordisco entre las piernas; el afiche de esta última estaba cruzado por una faja que rezaba "véala y entrará en calor".
Otro ejemplo del brutal retroceso que significó el golpe del ’30 en lo concerniente a cine y sexualidad tiene que ver con el estreno en Buenos Aires del film La quena de la muerte, del legendario director Nelio Cosimi en 1929. La película planteaba un escandaloso intercambio de parejas, inédito para la época: el aristocrático matrimonio compuesto por Azucena y Raúl irá a pasar una temporada a una estancia en las sierras de Córdoba. Allí Raúl conocerá a la india Cardo Azul. Sintiéndose atraído por su belleza, terminará violándola en una toldería. Pero, por si fuese poco, Azucena seducirá a El Mestizo, un indio a cuyos pies ella caerá rendida. “Plantear una relación amorosa interracial era tabú”, señala Fernando Martín Peña, fundador de la Filmoteca Buenos Aires, y agrega: “Un hombre blanco podía conquistar a una india, pero de ninguna manera una mujer blanca podía seducir a un indio”. Sin embargo, la audacia de Cosimi habría de ser tan breve como la democracia avasallada. En 1932, luego del golpe de Uriburu, el director de La quena de la muerte abandonó su espíritu transgresor y, con la colaboración del ejército y el beneplácito de la Iglesia, filmó una panfleto católico, cuyo título no merece aclaración: Dios y la patria.
Sea por acción u omisión, como refugio de resistencia o para prestarle argumentos al poder, la cultura, en sus diversas manifestaciones, constituye uno de los testimonios más valiosos para entender una época.

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