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Federico Andahazi

 

REVISTA LA NACIÓN, 11 de diciembre de 2005

¿Quién es Andahazi?

Por Leila Guerriero / Foto: Daniel Pessah

Quién es el hombre oculto detrás de uno de los narradores argentinos que más venden en el mundo y al que su nuevo libro, La ciudad de los herejes, instaló una vez más en el centro de la polémica

 

Cuando lo vio por primera vez, el hombre estaba parado en la esquina de Corrientes y Montevideo, y Federico Andahazi sintió un estilete en el estómago y una premonición rara.

–Me parecía cara conocida; entonces, le pregunté a mi novia: "¿Quién es ese tipo?". Y mi novia me dijo: "Es tu viejo, Federico, es tu papá, el que aparece en la foto del librito".

  Federico Andahazi

Así, un día cualquiera de 1981, 18 años después de haber nacido, Federico Andahazi se encontró por primera vez con Bela Andahazi, el húngaro que era su padre y del que sabía pocas cosas: que era psicoanalista y que había escrito un libro de poemas, en cuya solapa había una foto: la única que Federico Andahazi conocía.

–Me acerqué y le dije: "Disculpe, ¿usted es Bela?". Y me dice: "Sí". "Ah. Yo soy Federico." Me dice: "Perdón, ¿qué Federico?". "Su... su hijo." Me abrazó y, acto seguido, me dio su tarjeta. El primer encuentro con mi viejo fue en su consultorio de psicoanalista. Y ahí supe que tenía dos medios hermanos, Pablo y Laura… aunque yo... ya sabía...

El recuerdo se atraganta como un tropezón.

–Perdón. Voy a buscar agua.

La ciudad de los herejes, el libro que Andahazi acaba de publicar en Planeta, salió al mercado cuando Bela Andahazi, el hombre que era su padre, murió.

–La maquinaria de lanzamiento ya no se podía parar. Así que la voy llevando.

La maquinaria de lanzamiento del libro del escritor argentino de su generación que más vende en el país y el mundo –hasta ahora, tres millones de ejemplares y traducciones a treinta idiomas– no es cualquier maquinaria: es una locomotora lanzada a toda velocidad contra un horizonte de expectativas. Así que en medio de la promoción de esta historia que transcurre en 1300 y que tiene como protagonista a un padre perverso que transforma a su hija en su principal enemiga y somete al hombre que ella ama a las torturas más desoladoras, Andahazi lleva la muerte de Bela como puede, pero no se detiene.

Nació en un barrio no apto para niños: Corrientes y Callao, en 1963. Zona difícil para un hijo único sin padre y con una madre, Juana, que trabajaba en un banco, y abuelos amorosos pero mayores –Margarita y Samuel Merlín, llegados de Rusia después de la guerra– que recibían al nieto cada tarde, después del colegio.

–Mis viejos se habían conocido en una reunión, pero se separaron cuando yo era muy chico. No tuve una mala infancia, pero recuerdo con mucha angustia el tedio. Salía de la escuela y tenía que estar la tarde entera en casa de mis abuelos. Yo los adoraba, pero eran mayores. No hacía nada más que estar ahí mirando la tele sin mirar. Y a cierta hora me sentaba a escuchar el ascensor porque ya venía mi vieja. Recuerdo... ese beso con la cara fría... Qué felicidad.

Por su abuelo materno, Samuel Merlín, se convenció de que era descendiente del célebre mago. Por su abuelo paterno, Bela Andahazi –ex embajador húngaro en Turquía que llegó a la Argentina después de la guerra, con su mujer y su hijo de 8 años–, creyó que por sus venas corría sangre muy azul.

–Pero mi abuelo Andahazi era pintor y mi abuelo Merlín fue fundador de varias editoriales independientes. Estaba muy vinculado con la literatura política. A tal punto que en 1976 metió los libros de su biblioteca en unas bolsas, los cruzó a un baldío y vi desde el balcón cómo los quemaba. Sobrevivió pocos años a eso.

En la adolescencia, algunas cosas empezaron a cambiar. De alumno adorable en el primario pasó a desastre incontenible en el secundario. Se hizo hippie y se mudó muchas veces de colegio hasta que decidió que el estudio y los deportes, que practicaba con fruición, no eran lo suyo.

–Dejé el colegio y empecé a trabajar en un local donde se alquilaban películas. Las tenía que revisar al tacto. Como soy muy torpe, las rompía yo.

Fue cadete en una agencia de viajes, hasta que consiguió el mejor trabajo de su vida: se hizo dremelero.

–Grababa los números de las patentes en los vidrios de los autos. Se hace con un aparatito con punta de diamante al que llaman "dremel". Lo hacíamos con un amigo, en el estacionamiento subterráneo de Recoleta. Si hubiéramos querido ganar mucha guita, habríamos podido, pero no nos gustaba el trabajo, y menos ahí.

–¿Por qué?

–Porque estaba el cementerio y estábamos a la altura de los muertos. No me podía desentender de esa idea.

–¿En serio te perturbaba eso?

–Sí. Soy una persona muy impresionable.

Raro, si se piensa que acaba de escribir un libro cuyas páginas incluyen un aborto sanguinario y un vía crucis con lanzazos y clavos, y cuya primera escena es la violación de un niño en manos de un clérigo.

Viejo a los 17

Federico Andahazi nunca fue tan viejo como entre los 17 y los 27 años. Una foto carnet de la época revela a un hombre con bigotes curvados hacia arriba, el pelo tirante, la mirada hundida por el peso de las responsabilidades. A los 16, se puso de novio con Mónica, una chica de 17 a quien había conocido en Villa Gesell, y pareció natural alquilar una casa en Boedo e irse a vivir juntos.

–Era una casita chiquita, gris, tristísima. Estuvimos juntos diez años. A los 18 conocí a mi viejo y empecé a estudiar psicología en la UBA. Era muy buen alumno y ya escribía. Le mostraba lo que escribía a un amigo que era muy severo; todo le parecía horrible. Hasta que un día transcribí dos o tres páginas de El otoño del patriarca y le dije: "Tomá, escribí esto". Y me dijo: "Es pésimo, pésimo". Por eso digo que hay que escuchar a la crítica, porque a veces, cuando la crítica es muy dura, uno debe pensar: "Vamos bien encaminados".

–Es fácil terminar engañado por esa visión: si me critican mal, voy bien. Sobre todo porque uno no suele aplicar la inversa.

–No, claro. Pero me parece que muchos de estos críticos podrían pisar el palito perfectamente. Terminé la carrera, ejercí dos años atendiendo pacientes y me di cuenta de que eso no era para mí. Nunca fui un buen psicoanalista. No sólo no notaba una evolución en el paciente, sino que tenía la impresión... de estar rompiendo películas. Así que volví a grabar cristales.

La vida de Andahazi parece dividida en extraños ciclos que duran, aproximadamente, entre siete y diez años. De niño obediente a adolescente fatídico, y de eso a novio conviviente. De pésimo alumno secundario a alumno brillante en la universidad y a dremelero y a escritor.

–Nunca fui bueno para el trabajo. Creo que me dediqué a ser escritor para no trabajar.

–¿Y escribir no es un trabajo?

–En Occidente, tenemos una idea bíblica del trabajo. De sufrimiento. Y la verdad es que escribir para mí es un placer. Cuando tomé la decisión de dedicarme a escribir, fue una apuesta: escribir para publicar. Yo tengo dos novelas escritas antes de El anatomista, que, aunque me gustaban, sabía que no me las iban a publicar. Sabía que tenía que escribir una novela que impactara a un editor. Y eso fue El anatomista. Tardé tres años en escribirla, pero sabía que se iba a publicar. Yo terminé El anatomista y dije: "Bueno, ahora a llevarla a las editoriales; empecemos por orden alfabético". Y fui a una editorial que empieza con "A". Justo salía el editor y le dije: "Mirá, acabo de escribir esto". Y el tipo me dijo una frase muy misteriosa: "No publicamos autores inéditos". Después la llevé a otra editorial y a otra, y al fin me volqué a los concursos. Presenté cuentos a distintos concursos, y para mi enorme sorpresa... los gané todos.

Los ganó todos. Los ganó, además, por unanimidad. Eran los concursos Santo Tomás de Aquino, Desde la Gente y Buenos Aires Joven. Después, cometió una incorrección: envió El anatomista a dos premios al mismo tiempo: el Premio Planeta y el otorgado por la Fundación Fortabat. Un día de 1997 lo llamaron de Planeta para avisarle que su novela era finalista, y al día siguiente de la Fundación Fortabat para avisarle que había ganado el premio: María Angélica Bosco, Raúl Castagnino, José María Castiñeira de Dios, María Granata y Eduardo Gudiño Kieffer formaban el jurado que lo consagró por unanimidad. Andahazi se negó a continuar participando en el Premio Planeta sólo para descubrir, horas después, que Amalia Lacroze de Fortabat se rehusaba a premiar una obra inmoral. Aunque el jurado lo defendió en forma noble y monolítica (María Granata declaró: "Fue un premio que dimos todos a un buen libro y a una idea original. El pecado hubiera sido no premiarlo"), el dremelero tuvo que enviar una carta documento para que la Fundación tuviera a bien pagarle el cheque. Se pagó, pero no hubo fiesta consagratoria, aunque Planeta contrató El anatomista, que ya lleva vendidos en la Argentina 120.000 libros y fue traducido a treinta idiomas. La prensa multifotografió y plurientrevistó al escritor del escándalo. El hombre llegado de ninguna parte que había irritado a una de las mujeres más poderosas del país era, además, una mezcla gótica de mago y conde Drácula: remeras ajustadas, coleta, aro en la oreja, barba candado, músculos de gimnasio, una afición por el rock y las motos viejas.

–En realidad, mi amor por las motos empezó de una forma algo espuria hace quince años. Mantenía un romance con una chica que estaba casada y vivía en La Plata. Ella le decía al marido que se iba a hacer compras y se venía en su ciclomotor a Buenos Aires. Una vez me lo dejó y esa semana yo descubrí la libertad de moverme por donde quería. Así que cambié mi guitarra Gibson por una Douglas 1947, y desde entonces nunca paré de comprarlas, desarmarlas y ponerlas en marcha.

El mundillo literario local dio un respingo ante algunos de estos rasgos, gustos literarios y declaraciones. Si con la publicación de El anatomista ya había un runrún de aguas divididas acerca de la calidad –o su ausencia– de la novela, la que le siguió (Las piadosas, que transcurre en el año 1700, alrededor de las trillizas Legrand) terminó de escindir a Andahazi de ese círculo dorado en el que fulguran ciertos nombres de la literatura nacional. El anatomista fue para Andahazi lo que La ley de la calle para Mickey Rourke: una súbita consagración, a la que siguió un camino cuestionado, con libros como Las piadosas, El príncipe, El secreto de los flamencos y Errante en la sombra. El dice –siempre ha dicho– que no le importa.

–Me hace gracia cuando leo que hay escritores que dicen no conocerme, y en su momento me premiaron. En todo caso, el que cambió no fui yo.

–¿No te tienta pertenecer a esos círculos?

–No, porque me aburren. Creo que no sabría de qué hablar.

–Pero no sabés si te aburrirías porque no los conocés desde adentro.

–Conozco miembros de esas camarillas. En soledad, muchos son divertidos.

–¿No anhelás el reconocimiento de esa gente?

–Tengo el reconocimiento de mucha gente. Cuando me ven solos, los que no me quieren son siempre los otros.

¿Ser y parecer?

Excepto la ausencia de gafas, que antes usaba, su aspecto no ha cambiado desde 1997: barba renacentista, pelo al gel, arito, el cuerpo saludable de quien se ejercita. Un aspecto decorado que muchos encuentran objetable. El reverso del cliché del escritor con pipa, pero otro cliché: el escritor hedonista, amante de las mujeres, la velocidad, la noche y el peligro.

–Yo no juego al escritor. Yo soy escritor. La obra está ahí para defenderse sola. Dicen: "No parece un escritor". ¿Y cómo se supone que es un escritor? En otros países, los escritores usan piercing. A mí el aspecto físico me importa menos que a aquellos que se dejan barbas estudiadas y fuman pipas estudiadas y usan anteojos estudiados. Trato de no tener panza. Ya voy a tener, pero mientras pueda evitarlo...

La ciudad de los herejes, la novela que acaba de publicar Planeta, proyecta sobre el telón de fondo del amor prohibido entre Christine y Aurelio (dos personajes que descubren el sexo para luego internarse en sendos conventos religiosos y finalmente renunciar a esa vida para fundar una comunidad libre en Villaviciosa, aplicando una versión muy sui géneris del "ama y haz lo que quieras") la historia del padre de Christine, el duque Geoffroy de Charny, que decide crear una reliquia falsa –el Santo Sudario– para levantar una iglesia y explotarla en provecho propio. El amor de Christine y Aurelio es, por diversos motivos, un obstáculo para el duque, que transforma a su hija en su enemiga, la somete a un aborto carnicero, y a su amado, a una crucifixión con alto morbo. Andahazi dice que no ha escrito este libro para el escándalo, y que la inspiración nada tiene que ver con la oportunidad de calzar en un mercado ávido de novelas que revisiten el exitoso Código Da Vinci, de Dan Brown –que pone en duda las versiones oficiales acerca del Santo Grial, entre otras cosas–, sino por una inspiración que viene, incluso, de lejos.

–En 1998, yo estaba en casa de un amigo en Francia, y en la cena había un religioso que había leído El anatomista y me mostró una carta, del siglo XIV, donde el arzobispo de Troyes denunciaba el fraude del Santo Sudario; decía que era una falsa reliquia. Volví a Buenos Aires con unas veinte páginas escritas. Quedó ahí. Y tiempo atrás, ordenando papeles, me reencontré con esas notas. Y me empecé a preguntar el porqué de la fascinación que el sudario ejerce en la gente.

Andahazi vive en una casa antigua, grande y sin lujos, con su mujer, artista plástica, y su hija, Vera, de tres años. La casa tiene todo lo que él no pudo tener de chico: un patio verde, piscina al fondo, muchos metros para correr, tomar sol, hacer gimnasia.

–Mi hija me hizo una persona distinta. Dejé de fumar, porque soy asmático. Quiero que la nena tenga padre por un buen rato.

–¿Y descubrís en vos rasgos de tu padre?

–Muchos.

Atrapa un portarretratos con una foto de un hombre de barba cana, pelo blanco, traje gris, entrecejo severo, pipa: el cliché del psicoanalista.

–Fumaba tres o cuatro paquetes de cigarrillos por día. Después fumaba en pipa y tragaba el humo. Cada uno se construye su propia vida y su propia muerte. El era enemigo acérrimo de la medicina, y podría decirse que murió en su ley. Me reconozco en cierta cuestión suya completamente contraria a lo pragmático. Las cuestiones de índole práctica las hace mi mujer, porque yo no sé. Si no come ella, yo no como. No sé controlar un saldo bancario, pagar un impuesto. Y con el dinero soy como los boxeadores. Si no fuera por mi mujer, estaría rascando el bolsillo de la campera buscando monedas.

–¿Dónde estaba el librito de poemas que había escrito tu papá?

–En la biblioteca de mi abuelo. Del abuelo Merlín. Pero yo a mi viejo... la verdad es que nunca le dije papá.

–¿Y cómo le decías?

–Bela. Eramos como... dos amables colegas.


Fuente: REVISTA LA NACIÓN



 
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